La Justicia, como siempre sucede en un Estado democrático y de derecho como el español, tendrá la última palabra en el caso de la violación de una joven en las pasadas fiestas de San Fermín a cargo de cinco desalmados. Cinco son los acusados que supuestamente abusaron de la joven valiéndose de su superioridad física, como así ha declarado el propio juez del caso, que decidió enviar a los cinco a prisión preventiva a la espera de que se esclarezca el escenario.

Este es el último suceso desagradable en una larga lista. Afortunadamente, en estos años recientes hemos asistido a una cierta campaña de sensibilización respecto a los abusos que en San Fermín y en otras fiestas populares y tumultuosas de nuestro país se producen.

Ni el alcohol, ni el escenario de ocio desinhibido y lúdico ni ninguna otra premisa pueden justificar que la mujer sea concebida como un simple objeto al que se puede tocar o manipular con impunidad. Concienciar es fundamental en este aspecto, ya que hasta hace pocos años los medios de comunicación veían como algo normal que se realizaran estos abusos “graciosos”, grabados por las cámaras sin que los comentarios de los profesionales de la información denunciaran ninguna anomalía.

Muchos son los esfuerzos que han de realizarse para lograr que toda la sociedad comprenda que la mujer no es ningún objeto. Las penas para quien siga la miserable senda de violadores y abusadores tienen que ser altas, ejemplares.

Los propios medios de comunicación tienen que contribuir y poner de su parte para que los más jóvenes cambien el escenario machista y patriarcal que hasta ahora impera. Grupos mediáticos como Mediaset se esfuerzan en potenciar el papel superficial y frívolo de la mujer, sin incidir en la parcela intelectual. Digamos alto y fuerte no a que las mujeres sean concebidas como objetas. Solo una mujer puede ser dueña de su destino y de sus actos, todo lo demás debería ser censurable.

Los programadores, los ingenieros informáticos y los gurús del universo cibernético están llamados a ser protagonistas de los próximos lustros que se nos vienen. Los lenguajes de programación han empezado a conquistar el mundo y a erigirse en los auténticos bastiones que sostienen el mundo. Vivimos en un planeta informatizado cuyo lenguaje más importante no es ni el inglés, ni el español, ni el alemán y ni siquiera el chino mandarín, sino el lenguaje de programación.

Los profesionales de la programación tienen ante sí la oportunidad de ser protagonistas del tiempo que acontece y del que se avecina, sí, pero también tienen la opción de hacer muchísimo dinero con su trabajo. A continuación citaremos algunos lenguajes de programación cuyo manejo puede dar al programador un salario más que estratosférico.

El lenguaje de programación C se antoja vital en nuestros días, ya que ha servido como base para ir desarrollando lo que ahora conocemos como Unix; además, saber dominar C te aproxima mucho más a controlar y manipular el todopoderoso y conspicuo Java. Casi cien mil dólares al mes pueden llegar a ganar los programadores que se desenvuelven con soltura en C.

Casi la misma cantidad de dinero –en España los salarios que se reciben son en torno a cuatro o cinco veces menores que en otros países como Estados Unidos, lo cual no deja de seguir siendo jugoso- puede ganar el programador familiarizado con JavaScript, que se ha convertido en una vía más que jugosa para quienes sepan desarrollar con su lenguaje páginas webs dinámicas.

Otro de los lenguajes de programación mejor pagados es el de C++, creado hace ya tres décadas por Bjarne Stroustrup; con C++ es posible moverse por la programación genérica, por la programación estructurada y por la programación orientada a objetos. El lenguaje de programación de la popular Java o el lenguaje de Phyton, Objective-C o Ruby on Rails también serán sinónimos de éxito económico y laboral para los programadores.

A menudo, las personas cuyas creencias –o descreimientos, en este caso- se mueven en torno al ateísmo son llamadas al orden por las voces de los fieles más religiosos. Católicos, islámicos, judíos y hasta creyentes de los Hare Krishna dicen sentirse ofendidos por la mínima manifestación religiosa del ateo.

Es decir, cuando un ateo pone sobre la mesa todo su abanico ideológico y desmonta con su propio criterio reflexivo las argucias de las religiones –son el opio del pueblo, según dijo el filósofo Karl Marx-, al instante aparecen siempre los ofendidos, los que se sienten dañados por una presunta mala educación, los que tachan al ateo de mal engendro por el simple hecho de airear su pensamiento.

Eso sí, el ateo no tiene el más mínimo derecho a quejarse, ni a poner el grito en el cielo, ni a decir que se siente dañado por la falta de respeto sufrida, cuando, por ejemplo, una procesión con una estatua religiosa -cuya cara es la de un viejo vecino del barrio amigo del escultor- le impide llegar a tiempo al trabajo porque ha montado un atasco de tráfico que obligaría al mismísimo concejal de urbanismo a dimitir.

A los ateos se les pide respeto, pero siempre que tengan la boca cerrada. Sería impensable que una televisión pública como canal sur tuviera semanalmente en emisión programas dedicados a divulgar el pensamiento ateísta -¿alguien se lo imagina?, las quejas de los espectadores colapsarían la centralita-. Sin embargo, cuando es el catolicismo el que aparece puntualmente ensalzado y promocionado a través de los entes públicos de difusión, el ateo no tiene derecho a quejarse ni a sentirse ofendido.

Hay más de mil doscientas religiones repartidas por el mundo. La mayoría están confeccionadas a imagen y semejanza de otras religiones –egipcias, sumerias, etc.- que ya dejaron de existir. Ha sido mucha la cultura y el arte que se creado en torno a religiones como el cristianismo, pero no hay que olvidar que esas mismas religiones son la primera causa de muerte en la Historia de la humanidad. Casi nada.

El arte del rejoneo eleva a la gloria de la tauromaquia a esos toreros a caballo que logran encontrar la armonía perfecta entre hombre y animal. Sus nombres quedan en el imaginario de los aficionados, en el Olimpo de las plazas de toros de todo el mundo. Sin embargo, más allá de los propios jinetes, los propios caballos de la cuadra de cada matador van ganándose con los años los corazones de los aficionados.

El caso más conspicuo y fastuoso es el de Cagancho. De pelo negro cuatralbo y de raza lusitana, el caballo más importante de la Historia del rejoneo alzó hasta la cumbre de la tauromaquia al navarro Pablo Hermoso de Mendoza. Su cordón blanquecino en la frente y la blancura en sus cuatro patas, frente a la oscuridad restante de su piel, acabaron por dar al equino una magia casi de otro planeta.

Cagancho marcó un antes y un después. La cercanía con la que se asomaba al balcón de los cuernos de los toros, el temple con el que los toreaba y quebraba y el elegante galope –de más mérito aún si tenemos en cuenta que era un caballo de gran corpulencia y no muy estilizado- alzaron a Cagancho a la gloria eviterna. Fue en 2002, después de una década de magisterio nunca antes visto, cuando su dueño, Hermoso de Mendoza, decidió liberarlo de las faenas en las plazas.

En aquellos años de gloria de Pablo Hermoso, Cagancho convivió en la cuadra con otra estrella absoluta de los ruedos, su hermano Chicuelo. Ambos caballos compartieron memorables tercios de banderillas que jamás se borrarán de la retina de los aficionados. Y ambos se pelearon infinidad de veces entre ellos –a veces con mordisco importantes-, como si fueran conscientes de la lucha que mantenían por el cetro del toreo a caballo. Después Pablo Hermoso tuvo otros caballos inolvidables, como Chenel, pero la esencia de aquellos Cagancho y Chicuelo marcó una inflexión que durará para siempre.

España se ha convertido en una cárcel gigante para miles y miles de jóvenes que se ven atrapados en ella mientras dejan escapar los mejores años de sus vidas. Uno de cada dos menores de 25 años carece de empleo y anda a la búsqueda de un sustento que no sea el de sus padres. Pero ojo, porque esa mitad que sí tiene la suerte de trabajar lo hace, de forma mayoritaria, en unas condiciones más que precarias.

Es difícil ser joven en España. La opción que queda es la emigración, claro está. Pero esta cuestión, también hay que decirlo, no está en manos de todos los jóvenes; el empobrecimiento de la sociedad en el último lustro es tan radical y acentuado que hay quien no dispone del dinero suficiente como para comprar un billete de avión e intentar buscarse una vida.

De cualquier manera, ser un español emigrante en países como Inglaterra o Francia, por citar algunos próximos geográficamente y con perspectivas laborales más o menos estables, es una tarea difícil, ya que no hay que olvidar que la vida en estos territorios es mucho más cara que en España. Únicamente el hecho de encontrar pronto un trabajo después de emigrar puede evitar que el joven que se marcha de España con ilusión acabe en apenas unas semanas empobrecido por completo.

El hambre llama a las puertas de los jóvenes españoles, quienes ya deben ir asumiendo –si están al tanto de las informaciones sobre economía y de las previsiones y tendencias de las cotizaciones de cara al futuro- que no tendrán una pensión el día de mañana. España ahora mismo es una especie de cárcel en la que no se puede vivir, pero de la que tampoco se puede escapar con garantías. La ola de xenofobia que recorre Europa dificulta aún más el escenario.